Queridos reyes magos
Quiero mi robot Emilio
Soy una pregunta esta noche.
¿Quién inventó la idea de la magia?
¿Quién decidió que la esperanza cabe en una carta?
¿Quién repartió el mundo?
¿Y si no es para mí, sigue siendo especial?
¿A quién pertenece una fiesta cuando no se tiene con quien celebrar?
¿Dónde guardan la fe las personas que ya no creen?
¿Quién inventó la soledad?
¿Cuándo se vuelve negativo desear?
Hace tiempo que dejé de creer en la magia.
Yo escribí cartas. También fui esa niña capaz de detallar con exactitud lo que deseaba: La granja de Playmobil, la PlayStation, toda la saga de Harry Potter, un patinete, un perro…Y luego llegó el tiempo en que pedir se volvió algo más complicado.
Entonces hago algo.
“Queridos Reyes Magos”.
Me detengo.
Sigo.
No sé qué se pide cuando una ya ha pedido demasiado. No sé qué se pide cuando lo único que falta no se puede empaquetar.
Sigo.
“Quiero una cosa sencilla: que mañana, al despertar, no me sienta una intrusa en mi propia vida. Quiero estar dentro, no mirando desde fuera.”
Me quedo mirando esa frase. Me parece demasiado seria.
Y entonces, por cobardía o por ternura, agrego una línea que me ayuda:
“También quiero algo bonito, aunque sea pequeño.”
Creer exige una disponibilidad que perdí. Y perdí esa disponibilidad en cosas prácticas; en mi defensa, en las prisas, en la productividad, en la tristeza.
De pequeña yo creía que la magia venía de fuera.
Pero incluso entonces, si lo pienso bien, la magia no llegaba. La magia salía.
Salía de mi manera de ver, de mi manera de escuchar. De mi manera de quedarme quieta cuando todos se movían. Mi manera de cuidar. Salía de la atención que yo ponía en las cosas pequeñas. Yo no era una niña esperando un milagro, yo era una niña creando.
Creando magia.
Pero lo que quiero decirte es otra cosa. La soledad a veces tiene algo de magia. Vuelves a ser una niña la noche de reyes esperando a la mañana, esperando que tus deseos se cumplan.
Me doy cuenta de que llevo tiempo mirándome con demasiada dureza.
Y entonces ocurre una cosa pequeñísima: me permito creer.: la magia no se fue con mi infancia. La infancia se fue con mi madurez pero la magia siempre se quedó. Se quedó escondida en mí,
Y entonces, vuelvo a creer.



La magia eres tú.