una conversación pendiente
en la recta final del año
Me propongo escribir algo que no sea complejo y ya estoy mintiendo, porque lo simple siempre exige una especie de disciplina que yo no tengo.
Estoy calentando para empezar, me froto las manos, una contra la otra, hasta que la piel se calienta lo justo para cortar el frío de una mañana de finales de diciembre, finales de año, finales de dos mil veinticinco,
¿Dónde están mis propósitos? No me refiero a ir al gimnasio o cambiar de trabajo. No creo en el esfuerzo, no creo en el talento, no creo en los hábitos. Llueve afuera. La lluvia impone un tipo de intimidad que he pedido.
Quiero escribir porque no tengo nada que hacer, y también porque tengo demasiado que hacer. Quiero escribir para despistar un rato los pensamientos.
De una cosa estoy segura: este relato tratará de algo delicado.
También debo confesar, y esto es importante para la comprensión del texto, que esta historia está patrocinada por Estrella Galicia.
Debo agregar también, algo que importa mucho: desde el principio, este relato está acompañado por un leve y constante dolor de cabeza, sueño de más y miedo a tener una conversación pendiente.
La conversación pendiente está ahí, en algún lugar del día, no soy capaz, me digo, escribiré entonces. Escribiré para merecerla, para llegar a ella con una piel más joven, más tersa. Qué fantasía, creer que la razón o la empatía puedan cambiar el orden de los hechos.
Las palabras se agrupan en frases y de ellas emana un sentido secreto que va más allá de palabras y frases. Eso es lo que me atrae cuando dos palabras se rozan y producen algo que no estaba antes.
Me propongo escribir algo sencillo. Por ejemplo: “Hay una chica en una casa, llueve y tiene una conversación pendiente.”. Pero la chica inmediatamente se pone a mirar el borde de las cosas, cómo cae el agua en el cristal, cómo el frío se mete por los huecos de la ventana, cómo la silla cruje cuando se sienta.
Me incomoda la primera persona porque se me queda grande y a la vez se queda pegada como la ropa mojada. Esta semana he aprendido sobre la discrepancia del Yo.
Decido empezar por el principio, porque así se hace, o eso dicen. pero el principio, hoy, está desordenado. Se parece a un cajón lleno de cables. ¿Dónde coño está mi dni?
He olvidado decir que todo este relato transcurre con una lista triste de Spotify de fondo.
La lluvia y el frío afuera no ayudan. La oscuridad aquí dentro tampoco, el volumen de la tele siempre está demasiado alto.
Parece que hoy todo lo que no hago queda justificado por el sonido del agua. También hay algo que me tranquiliza, si llueve, todo el mundo está aburrido.
Pienso en la conversación pendiente. Tiene el tamaño exacto de una sombra. No sé cómo va acabar, pero sé el tono: ese tono donde una intenta ser adulta y no llorar, donde una intenta decir algo claro y termina gritando. Qué rabia.
Entonces entiendo, o creo entender, de qué va este relato: va de que voy a escribirlo aunque no termine nunca de escribirlo para no tener la conversación pendiente. Va de este borde. De esta antesala. De esta manera de dar vueltas alrededor de un fuego sin meter la mano.
Me propongo escribir algo delicado. ¿Delicado como qué? Delicado como una verdad que no se puede decir. Delicado como ese momento justo antes de mandar un mensaje.
Yo creo que hoy necesito silencio. Pero el silencio, en mi casa, se parece demasiado a la conversación pendiente.
Me doy cuenta de que estoy escribiendo el proceso en vez de escribir el relato. Eso era, ¿no? Eso pedía: el antes. Pero el antes se estira. El antes vuelve a casa. Y me pregunto si no será que toda mi vida es un antes de algo que nunca sucede.
Podría inventar una trama ahora mismo para ser productiva: una chica sale a la calle, se encuentra a alguien, pasa algo. Podría. Pero no quiero. Además llueve.
Escribo porque no tengo nada que hacer. Escribo porque llueve. Escribo porque el año se acaba. Escribo para posponer la dichosa conversación pendiente.
En algún momento, no sé cuándo, la conversación pendiente ocurrirá. O se transformará en otra cosa, como hacen los miedos. Pero ahora, en este instante, lo único que puedo controlar es rozar una palabra con otra hasta encontrarle algún sentido.
Y entonces me permito escribir este relato aunque nunca llegue a ser un relato. Suficiente para empezar sin empezar. Quedo pendiente.




Magnífico metarrelato. Los buenos relatos nunca tienen fin.